1. Presentación
Buenos días. Me han pedido que cuente de la experiencia educativa del Movimiento Apostólico Manquehue. Primero voy a explicar un poco acerca del Movimiento y de su origen, luego quiero exponer lo que entiendo por educación cristiana y benedictina y, finalmente, contar algunas cosas que estamos haciendo en nuestros colegios.
Les quiero pedir perdón por la simpleza de mi inglés y en especial por no usar correctamente el lenguaje inclusivo. Espero simplemente poder darme a entender.
2. El origen del Movimiento y de su trabajo en la educación
Lo primero que debo decir es que no puedo separar el hecho de estar dedicado a la educación de la experiencia que tuve hace cerca de 25 años cuando, siendo un joven universitario sumido en una profunda crisis existencial, un monje benedictino me mostró las Sagradas Escrituras y me enseñó a leerlas de tal forma que Jesucristo –a quien yo conocía de oídas gracias a una educación católica típica de una familia tradicional de Chile- apareció Resucitado en mi vida, iluminándola y llenándola de sentido. Aunque recuerdo bien el primer día que llegué al Monasterio las cosas no ocurrieron todas al mismo tiempo. Durante tres años subí casi cada día hasta el Monasterio y el padre Gabriel –con una paciencia infinita- se daba tiempo para atender mis preguntas, compartir mis angustias, y me ayudaba a escuchar las respuestas que Dios tenía para mí en su Palabra. Eso fue lo más extraordinario: que no era él quien me hablaba sino quien me enseñaba a escuchar. Poco a poco la experiencia del encuentro con Jesucristo fue haciéndose más y más concreta. Ahora estaba seguro de que Dios no era una fuerza impersonal sino Alguien que me amaba y se preocupaba por mí.
Al cabo de ese tiempo, sin saber mucho cómo, me vi encargado de la preparación para la Confirmación de un grupo de alumnos de último año en mi propio Colegio. Lo que hice con esos niños fue lo mismo que aquel monje había hecho conmigo: tomamos la Biblia y fuimos descubriendo que había una Palabra que Dios dirigía a cada uno. Nos llenamos de ideales, de ganas de hacer cosas, de transformar el mundo, y como compartíamos toda esta experiencia nos comenzamos a querer y nos hicimos amigos, muy amigos. Nos llamamos Movimiento Apostólico Manquehue porque era el nombre de nuestro Colegio, que está a los pies de un cerro que se llama así. Manquehue, en el lenguaje indígena de Chile significa “lugar de cóndores.”
Uno de nuestros trabajos principales eran los niños. Había que estar con ellos y transmitirles la experiencia que nosotros habíamos tenido. Cualquiera que trabaje en educación podrá fácilmente imaginar lo que le ocurre a un niño chico cuando un alumno mayor se le acerca para jugar con él, para ayudarlo en los deportes o en los estudios, para ser su amigo. Esa relación única, que llamamos “tutoría”, era el vehículo irreemplazable para hablar a los niños de un Dios vivo, que tenía todo que ver con sus vidas, con lo que le estaba pasando a cada uno, que les hablaba en la Palabra y que escuchaba sus oraciones.
Como quedará más claro a medida que avance en mi exposición, nuestros colegios no pueden existir sin la tutoría pues en ella está su razón de ser, su alma. Si pensamos que los tutores no son parte del personal del colegio sino principalmente alumnos de los cursos mayores tenemos una consecuencia muy importante: los alumnos son parte del proyecto educativo de Manquehue y, si no podemos contar con su participación, el proyecto fracasa.
Después de un tiempo tuvimos que dejar el Colegio Manquehue y comenzamos a trabajar desde una casa, luego en una parroquia. En aquel tiempo, nuestra comunidad ya tenía una razón de ser en sí misma: éramos amigos a la escucha de la Palabra y de la vocación divina para cada uno. Pero si no hubiéramos creado el Colegio San Benito en 1982, no sé si hubiéramos podido desarrollar esa escucha, esa respuesta y esa amistad como lo hemos hecho.
3. Qué es el Movimiento Apostólico Manquehue
El Movimiento Apostólico Manquehue es hoy una comunidad de personas a las que alguien, en una relación de amorosa acogida, les ha enseñado a usar la Biblia y a encontrarse en ella con Jesucristo Resucitado. Este encuentro los conduce al Bautismo o, lo que es equivalente, a tomar conciencia del Bautismo que recibieron de niños. Por ese Bautismo han recibido el perdón de los pecados, han sido hechos hijos de Dios, murieron al pecado y no viven sino para Dios, son miembros de Cristo y de su Iglesia, son templos del Espíritu Santo. Ya no se pertenecen a sí mismos porque han pasado a ser cristianos, es decir, “de Cristo.” Sin embargo, se dan cuenta de que son frágiles, débiles, pecadores, y que aun queriendo hacer el bien no hacen sino el mal. Lo que sucede es que los frutos del Bautismo los han recibido como una semilla, como un germen, como una potencia que deben desarrollar.
Resulta que san Benito escribió hace 15 siglos una Regla en la que organiza la vida de una comunidad de tal manera que personas que él mismo llama tibias, perezosas, de mala conducta y negligentes, logran vivir sin anteponer nada al amor de Cristo, sirviéndolo como verdadero Rey y caminando juntos de esta manera a la vida eterna. El Espíritu Santo guió al Movimiento Manquehue hacia esta misma Regla por caminos insospechados. En ella encuentran sus miembros una guía práctica mediante la cual se organizan para llevar a cabo su consagración bautismal. El Movimiento es, pues, como una Comunidad Benedictina Extendida, es decir, una comunidad de personas que viven, trabajan y oran juntas, sirviendo bajo una Regla y un superior. La llamamos “extendida” porque -aunque tiene espacios físicos propios- se diferencia de un monasterio típico en que no está circunscrita a un territorio sino que se extiende a los distintos lugares en que sus miembros de desenvuelven.
El Movimiento está formado hoy en día por cerca de 900 personas, hombres y mujeres, ricos y pobres, casados y solteros, jóvenes y ancianos, aunque un tercio de ellos son menores de 25. No todos tienen el mismo nivel de compromiso e identificación con la comunidad sino que se ubican como en círculos concéntricos alrededor de la Comunidad de Oblatos de Manquehue. Los Oblatos de Manquehue son personas que tienen un compromiso estable con el Movimiento y hoy en día suman 22, todos laicos, 13 casados y 9 célibes, 7 mujeres y 15 hombres.
El trabajo principal de esta comunidad, aparte del coro, es la educación. El Colegio San Benito fundado, como ya dije, en 1982 tiene 1.500 alumnos. El Colegio San Lorenzo, fundado en 1986, tiene 600 alumnos en un sector de escasos recursos en Santiago. El Colegio San Anselmo, iniciado en 1995, cuenta hoy con 500 alumnos que llegarán a ser 1.800 cuando se complete el proyecto. Nuestros colegios son colegios de día, el régimen de internado es casi inexistente en Chile. Los tres son colegios mixtos en los que alumnos y alumnas entran a los 4 años y salen a los 18.
4. La educación cristiana
Una de las cosas que más llama la atención de la Regla de san Benito es la capacidad que ha demostrado para desarrollar un tipo de vida particular en las más diversas circunstancias históricas y geográficas. Sabemos que esta capacidad le viene principalmente de su humanidad, de su capacidad para entender lo esencial del ser humano, sin hacerse ilusiones vanas y al mismo tiempo sin darse por vencido. Basados en este ejemplo, cuando tratamos de definir la educación cristiana no debemos dejarnos confundir por este cambio de época pues educar seguirá siendo siempre sinónimo de evangelizar. Cambiará la tecnología, el mercado, las herramientas, los medios de comunicación, las estructuras sociales, todo lo rápido que quieran, pero el hombre seguirá siendo siempre el mismo, sus preguntas fundamentales seguirán siendo las mismas y la respuesta que hay para él en el Evangelio seguirá siendo la única que puede llenar su vida de un sentido total y pleno.
Educar es, por lo tanto, crear los espacios para que los hombres de mañana tengan la experiencia de que existe un Dios y de que ese Dios no se ha desentendido de nosotros. Al contrario, ha enviado al mundo a su Hijo para manifestarnos su Amor y ha puesto en nuestros corazones el Espíritu que nos hace exclamar ˇAbbá, Padre! Educar es conducir a las personas al encuentro con Jesucristo, a la escucha del Dios que habla, y acompañarlas para que puedan responder a la Palabra que Dios les dirige.
No debemos pues confundir las técnicas y los conocimientos con la educación. Como educadores, sin duda no podemos ni debemos abstraernos de todas las circunstancias del mundo actual ni tampoco dejar de dar a nuestros alumnos las herramientas necesarias para desarrollarse en él. Pero no les haríamos ningún bien si junto a la instrucción y las destrezas, que son herramientas, no les damos un sentido para su vida, no les decimos para qué son esas herramientas.
Tampoco hay que confundir la instrucción religiosa o la enseñanza de valores con la evangelización pues, aunque son un complemento necesario de la educación cristiana, resultan inconsistentes y vanas en el largo plazo si no van acompañadas del anuncio de Cristo Resucitado y la creación de espacios de encuentro con Él.
Muchas veces nos preguntan qué tipo de alumno es el que esperamos que salga de nuestros colegios. Y no tengo más respuesta que decir que queremos hombres y mujeres que escuchen y respondan a la vocación que Dios les da. Y la vocación no es muchas veces lo que el niño quiere, tampoco lo que la familia o la sociedad creen, tampoco lo que la gente del colegio piensa. La vocación es la Palabra que Dios dirige a cada uno y, por lo tanto, viene de Dios y no de uno mismo ni de otros hombres. Por eso decía que educar no es sólo enseñar a escuchar sino también acompañar en la respuesta a la Palabra. Acompañar como quien ayuda, corrige y alienta, y no dirigir como quien sabe de antemano lo que tiene que decir.
Desde esta perspectiva de evangelización el amor es la más profunda razón de ser de la educación cristiana. Siguiendo un pensamiento del Cardenal Hume, podemos decir que en el corazón del Evangelio, la Buena Noticia que hemos recibido, encontramos siempre el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Pero sucede que no amamos automáticamente a Dios y a nuestro prójimo de la manera en que nuestro Señor quiere que lo hagamos. Es necesario aprender y practicar este amor, lo cual toma tiempo y esfuerzo. El monasterio –la comunidad escolar en nuestro caso- es la escuela donde se puede aprender este amor. En la familia –y en el colegio como prolongación de ella- aprenden los niños lo que es el amor y a partir del amor humano van intuyendo “lo que debe ser el amor de Dios: mucho más grande, más cálido, más fuerte y más íntimo que cualquier otro” (In praise of Benedict, 1981 by Hodder & Stoughton, página 77).
5. La educación en el Movimiento Apostólico Manquehue
En el Movimiento hemos descubierto que la Regla de san Benito es un camino específico para vivir el Bautismo que compartimos con todo el Pueblo de Dios. Lo digo porque pienso que casi cualquier organización humana puede encontrar en la Regla buenos consejos acerca de cómo desarrollar las relaciones interpersonales con miras a un determinado fin. Pero si este fin no es tomar por guía el Evangelio (cf RB P, 21) no estamos hablando de vida benedictina. Porque, en definitiva, ser benedictino no es más –ni menos- que una forma de ser cristiano.
De forma análoga, la educación benedictina es una forma determinada de educación en el Evangelio. Lo que distingue a esta forma particular es la inspiración que toma de la Regla de san Benito. Esta inspiración puede venirle en forma directa, consultando el texto de san Benito frente a las distintas situaciones de nuestra labor educativa, o indirecta, dejando que el carisma benedictino se transmita implícitamente desde nuestra vida a la de nuestros alumnos a través de la educación que les damos. No soy muy experto en historia pero tengo la impresión de que la segunda forma ha sido la más importante en los últimos siglos. A mi parecer, ambas son indispensables y complementarias pero creo que estos tiempos nos dan razones poderosas para explicitar la influencia que queremos que la Regla tenga en la educación. Esto requiere un concienzudo trabajo pues no es fácil explicitar algo que ha sido siempre como un instinto sin arriesgar la libertad que ese instinto necesita para actuar. Pero no sólo requiere trabajo, requiere también una profunda convicción de que la Regla de san Benito efectivamente nos enseña cómo educar.
Hace algunos años en el Movimiento hicimos una edición de la Santa Regla que nos ha servido mucho, también en el trabajo de los colegios. Es una edición de bolsillo que incluye los siguientes elementos:
a) La división más conocida de la Regla en trozos de lectura diaria, para leerla completa al menos tres veces cada año.
b) Muchas referencias bíblicas, escogidas no con un criterio académico sino pastoral, para iluminar la Regla con la luz de la Palabra
c) Referencias paralelas, de un texto de la Regla a otro donde san Benito trata un tema similar o usa un criterio parecido.
d) Un índice de palabras claves, con sus respectivas referencias en la Regla.
De esta manera nos mantenemos en permanente contacto con la Regla y vamos descubriendo hasta en los párrafos que parecen más inaplicables o pasados de moda la mentalidad del hombre de Dios y su criterio. Complementando esta lectura con el ejemplo que tomamos de los monasterios y rezando a san Benito – que es alguien que vive en el cielo- descubrimos que la Regla siempre tiene algo que decir. Cada elemento de la vida según la Regla tiene una aplicación a la vida laical y, por extensión, a nuestro trabajo educativo. En los colegios la Santa Regla no la usan sólo los miembros del Movimiento sino todos los profesores pues la aprenden en sus Jornadas de Formación. Los alumnos por su parte la estudian en clases de religión. Los apoderados, por último, son también formados en la Santa Regla mediante Jornadas en las que se acercan a ella para conocerla y nutrirse de su sabiduría.
La mejor forma para contarles lo que hacemos es explicarles algunos elementos de nuestro trabajo. Discúlpenme si a veces llego hasta los detalles pero creo que el aporte que puedo hacer desde nuestra experiencia es más práctico que teórico.
6. La escucha de la Palabra y la tutoría
La escucha es la primera actitud que queremos ver en nuestros niños. La entendemos como la atención del hombre a Dios que le habla principalmente a través de Jesucristo, la Palabra de Dios, que se hace presente en la lectura orante de las Sagradas Escrituras que conocemos como lectio divina. La escucha, como todas las demás actitudes, ha de enseñarse amoldándose a temperamentos y edades diversas (cf RB 2, 31). En nuestros colegios tratamos de hacer de la Palabra de Dios una presencia constante, de todos los días y aun varias veces al día. Por ejemplo, todos los niños comienzan la jornada escuchando una lectura y haciendo un momento de silencio para reflexionar y rezar. Además, una vez a la semana tienen una hora dedicada exclusivamente a la tutoría que explicaré enseguida. Para los demás miembros de la comunidad escolar también existen estas ocasiones: cada reunión de departamento, cada encuentro con los apoderados, cada reunión del consejo, en fin, prácticamente cualquier actividad se comienza con la lectura del Evangelio y un rato de silencio para hacer oración o compartir lo que a cada uno la Palabra le dice.
Pero no basta con leer la Palabra, es necesario leerla de modo que sea realmente Palabra que Dios dirige a una persona concreta, como dice el eunuco etíope a Felipe: “żCómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?” (Hch 8, 31). El rol de Felipe, en el caso de los niños, corresponde principalmente al tutor. El tutor es un alumno mayor, o un ex alumno o algún miembro del Movimiento, que desarrolla una relación personal con los niños que se le encargan, participando de sus juegos, preocupándose de sus estudios, de su situación familiar, en fin, rescatando al niño del anonimato mediante el amor. Ellos, que han tenido también la experiencia de la tutoría, son los que muestran a un Dios que está vivo, que habla en las Escrituras y que actúa. Pocos adultos pueden hacerse escuchar por un niño de 8 o 10 años como un compañero mayor de 16 o 17 que lo conoce y está genuinamente interesado por él. La hora de tutoría ocurre semanalmente pero la tutoría es una realidad que permea todos y cada uno de los momentos del niño en el colegio, especialmente los deportes y las actividades extra programáticas como scouts u otros similares. Paralelamente, a través de las clases de religión se imparten los conocimientos doctrinales de la fe siguiendo un método académico más o menos similar al de otras asignaturas.
Para los más grandes, desde los 15 años (cf RB 70, 4), la tutoría se transforma en un Grupo de Lectio divina Compartida del Movimiento Apostólico Manquehue. Es una actividad voluntaria que ocurre fuera del horario de clases y en la que participa aproximadamente la mitad de los alumnos de Educación Media. Consiste en una reunión semanal en la que se proclaman algunas lecturas bíblicas y se comparte o se reza en voz alta según lo que a cada uno le dice la Palabra. Estos grupos, formados por entre 6 y 12 personas, son presididos por miembros del Movimiento que son unos pocos años mayores que los propios niños. Paulatinamente, el rol del tutor es reemplazado por el de un acompañante espiritual. Grupos similares existen para los apoderados, profesores, funcionarios y auxiliares.
Un momento especial de la tutoría son los retiros. Todos los cursos entre 10 y 18 años, una vez al año, salen a retiro a un lugar algo apartado de la ciudad durante un fin de semana. En estos retiros se toman temas adecuados a las distintas edades que son tratados por miembros del Movimiento o, de nuevo, alumnos mayores o ex alumnos del propio colegio. El eje permanente de estos retiros es el anuncio de Cristo Resucitado complementado con la experiencia de la lectio divina. También se trabaja la amistad y la corrección fraterna.
Otro espacio importante de la escucha son las actividades de servicio comunitario. San Benito nos invita a ver al propio Cristo en los huéspedes, en los pobres, en los ancianos, en los minusválidos, en todos los necesitados. Las experiencias de servicio en lugares rurales, en hogares de ancianos o de niños, son otro espacio para escuchar a Dios que se potencia de modo impresionante cuando se combina con una vida comunitaria organizada en torno al Oficio Divino y al espacio diario para la lectio divina.
La vida sacramental tiene también un lugar central en la vida del colegio. La preparación a los sacramentos, Primera Comunión a los 10 años y Confirmación a los 18, se hace mediante tiempos especialmente fuertes de tutoría, grupos de lectio divina, trabajo apostólico y estudio de la doctrina de la Iglesia. En el caso de la Primera Comunión se pide a los apoderados que participen durante 6 meses de una intensa preparación en la que muchos continúan después del sacramento incorporándose a grupos del Movimiento. Tanto los alumnos como sus padres son motivados a participar juntos en la Eucaristía Dominical, cada familia en su propia parroquia con el fin de fortalecer su vinculación con la iglesia local. En los colegios, la Santa Misa se celebra en los principales días del año con todo el colegio reunido y más frecuentemente por cursos. Todos la comunidad escolar tiene acceso a la comunión diaria que se reparte en la oración de Laudes. La confesión también se recibe regularmente pues tenemos sacerdotes que trabajan con nosotros determinados días a la semana. Vale la pena decir que estos sacerdotes –monjes, diocesanos y otros- prestan un servicio ministerial pero no intervienen en la organización del colegio, su trabajo es como el servicio que presta un capellán en un convento de monjas.
7. La oración y el Oficio Divino
La oración es un tema que trabajamos estrechamente ligado al anterior. La lectio divina enseñada en la tutoría revela un Dios que habla, que responde. Los niños lo saben primero por el testimonio de sus amigos mayores y luego por la propia experiencia. Sin duda, saber que Dios oye nuestras oraciones, que tenemos acceso a él, es la mejor motivación a la oración. De alguna manera, lo que se hace es traducir a cada edad y condición lo que san Benito nos enseña en los capítulos 19 y 20 de la Santa Regla sobre “El modo de salmodiar” y “La reverencia en la oración.”
Pero san Benito también tiene una forma de oración privilegiada, comunitaria, que es el Oficio Divino. No viene al caso aquí resaltar la importancia que sabemos que san Benito da a esta celebración en los capítulos dedicados a su organización y en las numerosas menciones a ella en otros lugares de la Santa Regla. Quisiera solamente hacer presente la experiencia que cada uno de nosotros tiene, gracias a la vida según la Regla de san Benito, de la poderosa realidad que es el Oficio Divino celebrado en el coro, especialmente en lo que se refiere a vivir en la presencia de Dios y en la construcción de la comunidad. Lo que quiero contarles es cómo hemos incorporado este elemento a nuestra vida escolar.
Lo primero es el establecimiento en cada colegio de un coro regular y abierto. Laudes, Hora Intermedia y Vísperas ocurren todos los días laborales y los niños saben que pueden unirse al coro cuando quieran. Como es natural, no siempre hay una participación masiva de los niños en el coro pero todos saben qué significa cuando suena la campana que llama al Oficio y que cuentan siempre con una comunidad de oración a la que pueden unirse cuando quieran. Y son muchas las ocasiones en que recurren a ella. Lo mismo vale para los profesores y para los apoderados, algunos de los cuales participan regularmente de la oración comunitaria del Oficio Divino.
Lo segundo es un trabajo más sistemático de aprendizaje del significado de la Liturgia de las Horas como oración del Pueblo de Dios a la que están llamados por la condición sacerdotal que han recibido en el Bautismo y como medio de profundizar en su inserción eclesial. En el curso que corresponde a los 10 años de edad los niños aprenden algunos modos de salmodiar en la clase de música. Reciben también, como regalo del colegio para su Primera Comunión, un librito editado por nosotros con la oración de Completas en un ciclo de cuatro semanas explicado muy sencillamente (usa apenas dos “cordelitos”). La celebración de Completas, especialmente cuando logra unirse toda la familia, resulta ser la introducción más frecuente al Oficio Divino.
Otras ocasiones para la celebración del Oficio Divino son, por ejemplo, las jornadas de formación para padres o profesores, los retiros por curso o las reuniones semanales de los grupos de lectio divina compartida tanto de alumnos como de profesores y apoderados.
8. La acogida, la vida comunitaria y la amistad
La importancia de la comunidad es otro aspecto central. El Movimiento, cada colegio, cada curso, cada departamento, son comunidades, imágenes de la Iglesia. Necesitamos de la comunidad porque somos débiles, porque solos no podemos, porque nos hace falta hacer parte de la “hueste de hermanos” (RB 1, 5) que nos corrige y que nos acoge, que nos enseña. Lo mismo le pasa a nuestros niños. Además, la inserción del hombre en el Misterio Pascual de Cristo que significa el Bautismo no se realiza verdaderamente y con plenitud si no es en el amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). El capítulo 72 sobre el “Buen celo que han de tener los monjes” es una referencia a la que miramos constantemente.
Yo pienso que los padres nos entregan a sus hijos para que los eduquemos porque los aman y el colegio debe ser una prolongación del amor de la familia. Para eso no hay otra forma que amar genuinamente a los niños, no de modo genérico sino concreta e individualmente. Para este fin la tutoría es irreemplazable. En verdad, la tutoría, como ya dije, es el alma de nuestro proyecto educativo.
La acogida es una actitud fundamental en la construcción de una verdadera comunidad escolar. Es un concepto al que hemos dado un significado particular en el Movimiento y que tiene una traducción directa al trabajo educativo. La acogida, como la entendemos en el Movimiento, es una actitud hacia los demás que consiste en ver y adorar en el otro al mismo Cristo, abrir el propio corazón al amor hacia él, hacer espacio en la mente y en los quehaceres para escucharlo, y procurar atenderlo con los propios bienes en todo tipo de necesidades tanto físicas como espirituales. La acogida, además, ha de incluir siempre la entrega de la Palabra de Dios como enseña san Benito (cf RB 53, 9). Es una actitud que buscamos desarrollar dentro de nuestra propia comunidad, hacia los niños y entre ellos mismos, y también hacia todas las personas con las que entramos en contacto. Es como una aplicación bien concreta y cotidiana de la hospitalidad tan característica de la vida benedictina. Una de las formas principales para la práctica de la acogida en los colegios es tener tutores experimentados que se encuentren siempre disponibles para “perder” el tiempo con cualquier niño o joven que se les acerque. Como es de suponer, no es sencillo encontrar estos tutores pero el punto es tan importante que estamos dispuestos a hacer grandes esfuerzos para conseguirlos.
La tutoría además cumple otro papel en la creación de una verdadera comunidad escolar. Los niños mayores saben que su trabajo como tutores es primordial en el Colegio, están conscientes de que su aporte es esencial y eso produce en ellos una fuerte identificación con toda la labor escolar. No es un invento la necesidad que tenemos de ellos porque el colegio efectivamente es lo que ellos hacen que sea. Y ellos lo saben. El resultado es un fuerte espíritu de colegio, de lealtad y amor, que es invaluable cuando hablamos de construir una comunidad.
Fomentar la amistad entre los niños es otro aspecto de la vida comunitaria. En el Movimiento hemos recibido una enorme inspiración de la “Amistad Espiritual” de San Elredo de Rieval. Como dije antes, por escuchar juntos la Palabra de Dios y en el deseo de responder a esa Palabra nos hicimos amigos. San Elredo nos confirmó en la intuición que teníamos de que la amistad no era un accidente sino una aspecto esencial de nuestro camino y también nos enseñó a desarrollarla en Cristo y hacia Cristo. Esa es la amistad que enseñamos a los niños en los retiros, en la tutoría, en el acompañamiento espiritual y tratando de vivirla profundamente entre nosotros mismos. Me gustaría destacar algunos elementos importantes de esta amistad:
a) La presencia de Cristo, ya que la amistad verdadera no es nunca entre dos pues entre los amigos se hace presente Cristo que dijo “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).
b) La manifestación del amor, para que haya amistad el amor debe ser expresado.
c) La misión común, pues la amistad que se queda en satisfacerse uno al otro se corrompe y, al contrario, la que consiste en entregarse juntos a un ideal compartido vive y crece. Si este ideal compartido es la búsqueda de Dios y el cumplimiento de la vocación de cada uno, la amistad es una realidad eterna, pues conduce a la vida eterna.
d) La corrección fraterna, que fomentamos creando espacios en que los niños puedan hablarse con sinceridad y cariño, buscando el bien del otro y no la comodidad propia, basándose en el Evangelio y no en los propios criterios. Usamos mucho en este trabajo la enumeración de Buenas Obras del capítulo 4.
e) La apertura a la comunidad pues hay amistades que enriquecen el tejido de relaciones comunitarias y, en cambio, hay otras que lo destruyen.
No puedo terminar este punto sobre la vida comunitaria sin mencionar la oración común, especialmente del Oficio Divino. Ya dije cómo se celebra y cómo participan de ella alumnos, profesores y apoderados. Quisiera sólo resaltar aquí su poderosa contribución a la construcción de la comunidad escolar.
9. El orden, la disciplina y la libertad
Nuestros colegios, como cualquier comunidad benedictina, están formadas por personas frágiles, pecadoras, incapaces muchas de veces de hacer lo que realmente quisieran hacer. Aun sabiendo que lo que buscamos es el amor, no logramos amar verdaderamente a Dios y a nuestro prójimo sin una ayuda y un aprendizaje. Para nosotros y para nuestros niños, san Benito establece una “escuela del servicio divino” (RB P, 55), un lugar que no es para los que saben sino para los que quieren aprender, no para los que pueden sino para los que necesitan ayuda, como dice Jesús en el Evangelio: “no necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal” (Mc 2, 17).
No es concebible una comunidad verdaderamente benedictina sin un cierto orden. Las repetidas menciones, casi majaderas, que san Benito hace de la organización de las cosas, de los tiempos, de los encargos, de los lugares, -y de los castigos- no dejan lugar a dudas respecto a la importancia del orden en la vida de su comunidad. Sin embargo, queda claro también en la lectura atenta de la Regla que el orden y la disciplina son siempre un medio y no un fin en sí mismas. Así al final del Prólogo, cuando advierte de “cosas duras y ásperas” pero explica que conducen al “ensanchamiento del corazón.” Así en el capítulo 7 con su itinerario ascético de la humildad que culmina también con el amor de Dios que echa fuera el temor. Así por último, en el cierre de la Regla con la plenitud del amor fraterno y la vida eterna descrita en el capítulo 72.
Esta visión del colegio como una escuela para personas débiles y esta orientación acerca de la función del orden y la disciplina nos ha ayudado mucho para ir elaborando la organización de nuestros colegios. Pero no se preocupen, no voy a aburrirlos explicando normas disciplinarias. Simplemente quiero compartir con ustedes algunos criterios que me parecen importantes.
La razón profunda de las normas en el colegio no debe ser coartar a los niños sino ayudarlos a alcanzar una libertad mayor. Su objetivo no es sólo corregir los vicios sino también mantener y desarrollar la caridad (cf RB P, 47). La disciplina, por lo tanto, no puede reducirse a una línea que está prohibido cruzar sino que debe ser un marco que corrija lo malo y estimule lo bueno, como dice la Regla, “a uno precisamente con halagos, a otro con reprensiones, a otro con persuasiones” (RB 2, 31). La corrección y la acogida son, de hecho, dos expresiones inseparables de un mismo amor pues el que ama sin corregir cae en un vicio y el que corrige sin amor sólo puede cosechar rebeldía.
Los castigos deben tratar de conseguir un cambio interior del hombre. No se trata, pues, de hacer justicia sino de lograr la curación del que ha faltado. Esto exige que las personas encargadas de la disciplina estén conscientes de que aceptaron “el cuidado de almas enfermizas” (RB 27, 6) y por lo tanto deben desarrollar la “capacidad de ganar las almas” (RB 58, 6), un trabajo en el que la creatividad juega un rol de primera línea pues “cada edad y cada inteligencia debe tratarse de un modo apropiado” (RB 30, 1). No se trata de ser menos exigentes con algunos sino de mirar bien qué podemos esperar de cada niño y cuál es la mejor forma de lograrlo “de manera que los fuertes deseen más y los débiles no retrocedan” (RB 64, 19). En los niños más chicos es necesario arrancar los vicios de raíz (cf RB 2, 26) pues cuando crecen resulta más difícil y, por el contrario, así se logra “la costumbre del bien y el gusto de las virtudes” (RB 7, 68).
Hay muchas otras indicaciones de san Benito acerca de la disciplina y el orden: la gradualidad de las sanciones, la corrección en privado, la corrección pública, la oración como remedio eficaz para los niños más difíciles. También menciona que puede ser necesario dar sanciones para dar ejemplo y, por último, que puede ser necesaria la expulsión de alguno por el bien de la comunidad (cf RB 70, 3 y 28, 6).
10. Unidad de vida
Otra característica de la Regla de san Benito es su visión profundamente integradora del ser humano. Para san Benito todos los momentos, lugares y actividades forman parte de una unidad y apuntan a un mismo fin. “Ora et labora”, el tradicional lema benedictino, creo que expresa con fuerza esta realidad: oración y trabajo, juntos, unificados, porque en todas partes está Dios y en todos sus quehaceres lo encuentra el que lo busca. No se puede encontrar en la Santa Regla la dualidad pagana entre lo material y lo espiritual. No hay en ella ningún asomo de la división de la vida cristiana entre lo activo y lo contemplativo. A mi parecer, en la Regla de san Benito encuentra una respuesta cabal la aspiración del Concilio Vaticano II respecto a una unión íntima y estrecha entre la fe y la vida.
Lo primero que me gustaría decir respecto a este punto es que en nuestros colegios la mayoría del personal no es del Movimiento Manquehue. Sin embargo, es condición esencial que todas las personas tengan, no sólo la capacidad técnica para enseñar sus materias, sino también la disposición a conocer nuestro proyecto educativo y adherirse a él. Menciono este tema aquí porque es necesario que el profesor de química, el de biología, el de historia, el de matemáticas, todos se vayan identificando con la idea del colegio de manera que ésta pueda empapar todos los espacios. Además, cuando hablamos de que educar es evangelizar no podemos restringir la Buena Nueva sólo a los niños sino que debemos extenderla a todas las personas que de cualquier manera tienen contacto con el colegio.
Otro punto importante es la función que cumple la enseñanza académica en este proyecto educativo. El proyecto pastoral no es un elemento aislado en el colegio sino que configura toda la labor educativa. Pero si hablamos de educar por amor a los niños no podemos dejarlos sin las herramientas de capacitación e instrucción que en el mundo de hoy son indispensables para desenvolverse. Buscamos un nivel académico de primer orden y creo que si no lo tuviéramos nos quedaríamos sin alumnos porque, aun en un país tradicionalmente católico como Chile, los padres eligen un colegio religioso sólo dentro de ciertos estándares de excelencia. Además, y esto es lo más importante, el estudio de las distintas materias es también una búsqueda de la Verdad, de Dios que se revela en toda la creación. La rigurosidad académica no es pues algo ajeno al fin último del hombre sino otra expresión de la misma escucha de Dios y de la misma respuesta a su Palabra.
Sin embargo, es necesario ubicar el desarrollo académico dentro de la “escuela del servicio divino.” El Señor ha puesto en nuestros niños grandes dotes –unos son artistas, otros deportistas, otros son brillantes, otros líderes, otros estudiosos- pero el desarrollo de estos talentos no puede volverse un fin en sí mismo sino que su bondad siempre ha de evaluarse a la luz de la vocación de Dios para cada persona. El capítulo 57 sobre “Los artesanos del monasterio” nos enseña que la parábola de los talentos (cf Mt 25, 1430) está mal entendida cuando pensamos que nos invita a desarrollar las capacidades sin ninguna referencia a algo superior. Al revisar la historia personal y comunitaria nos damos cuenta que muchas cosas que a los ojos humanos parecen talentos –inteligencia, riquezas, posición, destrezas, habilidades deportivas o facilidad para los estudios- resultan ser piedra de tropiezo cuando las miramos en la perspectiva del Evangelio pues “la piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido” (Sal 117, 22). Por otro lado, las limitaciones y los fracasos suelen ser el boquete por el que la gracia de Dios se cuela en la vida de una persona. El primero y más importante de los talentos es la humildad.
La principal medida de comparación de los colegios en Chile es el porcentaje de alumnos que logran colocar en las universidades más prestigiosas. La enorme presión que esto ejerce sobre nuestro trabajo y sobre nuestros alumnos nos ayuda a hacer bien las cosas pero también nos exige volver todo el tiempo a recordar que la evaluación que para nosotros es realmente importante no es ésa sino la apertura al amor de Dios que tiene cada niño, su capacidad de escucha y de obediencia a la Palabra, su relación con la comunidad y con sus amigos.
11. Los trabajos, las misiones y los scouts
Antes de tocar el punto que he dejado para la conclusión quisiera contarles de algo que ha jugado un rol precioso en el desarrollo de nuestro proyecto. Se trata de experiencias de vida comunitaria desarrolladas en forma voluntaria durante las vacaciones de verano y de invierno con una duración de entre 7 y 10 días. Los más chicos realizan campamentos de scouts acompañados de sus jefes que son alumnos mayores o ex alumnos, tutores. Los más grandes organizan servicios comunitarios para ayudar en algún lugar necesitado –una escuela, una capilla, un hogar de ancianos o de niños- mediante un trabajo sencillo como pintura, reparaciones o construcciones menores. Por último, están también las misiones en zonas rurales, visitando en parejas casa por casa, ofreciendo una rato de oración, de reflexión sobre la Palabra de Dios e invitando a reuniones en la capilla del lugar donde se organizan grupos y se enseña la lectio divina compartida.
En las últimas vacaciones de invierno, es decir en Julio, participaron en trabajos y misiones alrededor de 170 jóvenes. A los campamentos de scouts asistieron aproximadamente 75 niños.
Para ayudarles a entender esta experiencia les voy a leer un horario típico de un día en trabajos:
07.30 Oficio de Lectura (voluntario)
08.00 Laudes
08.30 Desayuno
09.00 Trabajo
13.00 Hora Intermedia
13.30 Almuerzo
Descanso
15.30 Trabajo
17.30 Lectio divina en parejas
18.30 Vísperas
19.00 Formación, charla o trabajo en grupos
20.00 Comida
21.00 Recreación
23.00 Completas
No es un horario fácil, sobretodo para los primerizos. Sin embargo, al final de la semana todos experimentan una felicidad y plenitud que no siempre encuentran en su vida cotidiana. Todo lo que he mencionado hasta ahora encuentra en estos tiempos privilegiados una expresión maravillosa. En primer lugar, los niños conocen y ocupan la Santa Regla para organizarse y vivir juntos durante estos días. En ella encuentran un consejo cuyo valor pueden experimentar en forma palpable. Definen, por ejemplo, un claustro del cual se proponen no salir. Es un claustro sin murallas y que a veces es distinto para distintas personas, como el de nuestra Comunidad Benedictina Extendida.
La experiencia es fuerte y fecunda : la lectio divina que hacen en parejas, cantar el Oficio Divino, la cercanía con Cristo presente en las personas a las que están sirviendo, y la propia vida comunitaria son una mezcla explosiva. La tutoría y el acompañamiento espiritual fluyen con naturalidad de la convivencia cotidiana. Nada hace crecer tanto la amistad como agotarse juntos en la instalación de un techo o caminando kilómetros y kilómetros para visitar las casas más apartadas llevando una palabra amable y la Palabra de Dios. No olvidan jamás que la amistad y un sentido que está fuera de ellos mismos, en el prójimo, pueden infundir una dulzura inaudita en el cansancio, en la ducha fría, en la comida mala y escasa, en el frío, en el calor, en la incomodidad. La necesidad del orden se hace patente cuando se dan cuenta ellos mismos que si no nombran jefe a alguno el trabajo no resulta y que si no obedecen todo pierde sentido.
Si miramos este horario, hecho por escolares para ellos mismos, resulta difícil distinguirlo del horario de cualquier comunidad monástica. Ellos quizás no tienen conciencia, pero lo que les sucede en esos días es lo que puede ser la vida, toda la vida, según la Regla de san Benito. No lo digo por iluso o porque no conozca las dificultades de la vida en comunidad, el cansancio de la rutina o la diferencia entre un verano azul y la vida real. Conozco la vida según la Regla, las frustraciones y los problemas, el desánimo y el cansancio, el disgusto y la acedía. Pero sé también de la vida que sale del Evangelio y que el Señor Resucitado infunde por su Espíritu hasta en las peores situaciones.
Un último punto sobre este tema. En estas experiencias, como también en el trabajo de tutoría, los alumnos mayores se hacen responsables de su fe cuando todavía son muy jóvenes. Las misiones, la tutoría, los scouts, son actividades que les exigen hablar de Jesucristo a otros y, por lo tanto, profundizar en su propia fe en Él. Este paso, de la fe como herencia cultural o familiar a una fe personalmente asumida, es indispensable en la sociedad actual porque sin él es casi imposible que la fe sobreviva y mucho menos que sea transmitida, vital y salvadora, a otras personas.
12. Monasterios, colegio y sociedad
No es casualidad que los monjes benedictinos se hayan dedicado desde antiguo a la educación. En la propia Regla y también en los Diálogos de san Gregorio encontramos varias menciones a los niños. San Benito define su monasterio como una “escuela del servicio divino” porque es un lugar donde se aprende cómo servir y amar a Dios. Y eso es exactamente lo que queremos que aprendan los niños.
Cuando los primeros cristianos creían en el anuncio de la resurrección de Jesucristo su vida daba un vuelco. No era posible seguir viviendo de la misma manera porque era una fe que no daba lo mismo, entre creer y no creer había un mundo de diferencia. Producto de esta fe aquellas personas se hicieron bautizar en el nombre de Jesucristo, es decir, quisieron “sumergirse” en la fe, poner toda su confianza y todas sus esperanzas en el Señor Jesús, morir a la vida que llevaban hasta entonces y resucitar a una vida nueva, diferente. Los efectos de este Bautismo son descritos elocuentemente en los Hechos de los Apóstoles: vivían unidos, acudían con asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan, a las oraciones y la alabanza de Dios, tenían todo en común y no había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían bienes los ponían a disposición de la comunidad y se repartía a cada uno según su necesidad. Sin salir de la sociedad de su tiempo, los primeros cristianos establecieron una forma de vida diferente, que el resto de la gente distinguía y miraba con simpatía (cf Hch 2, 42-47. 4, 32-37).
San Juan Crisóstomo decía que si las ciudades fueran cristianas los monasterios serían innecesarios. Porque el monasterio es como un taller a escala del mundo cristiano. El mayor logro de san Benito es haber podido establecer una organización social alternativa que es presencia real del Resucitado, testimonio de que es posible construir una sociedad que viva de la fe, a la escucha la Palabra, rindiendo culto al Dios vivo en la liturgia, derribando las barreras que nos separan de Él y de los demás, trabajando por el Reino de Dios, en fin, creando las condiciones para que Cristo viva en cada uno de sus miembros (cf Ga 2, 20). Lo que quiero decir es que Dios nos ha regalado en la Regla de san Benito, en este tiempo que es ya casi el tercer milenio y a pesar de toda nuestra debilidad, una posibilidad real para vivir de la fe tal como los primeros cristianos.
Alguno estará preguntándose qué tiene que ver esto con educación benedictina. Yo creo que tiene muchísimo que ver. Si pensamos que el objetivo de nuestros colegios es simplemente preparar a los niños para desenvolverse en la sociedad actual, para sobrevivir a la competencia salvaje y establecerse en los primeros lugares por el dinero y el poder, entonces perdemos el tiempo y no hay razón para pensar que un monasterio sea una organización particularmente dotada para educar. En este caso el colegio será un obstáculo para la vida monástica, un cuerpo extraño dentro del monasterio.
Pero si pensamos que el objetivo de nuestros colegios es la evangelización, enseñar a escuchar al Dios que habla y poner la fe en Jesucristo Resucitado en el centro de la vida de los niños, entonces será difícil encontrar una institución más adecuada. Porque el monasterio es precisamente eso: una sociedad alternativa donde Jesucristo Resucitado es el centro de todo. Juan Pablo II, hablando en Subiaco en 1980, decía que el capítulo 72 representa un ideal al que debería aspirar la sociedad entera. Los niños que educa la comunidad que vive según la Regla de san Benito son, por lo tanto, como la levadura en la masa, fermento de un mundo nuevo. En este caso, el colegio no exige de la comunidad nada que no sea vivir profunda y auténticamente su propia vocación, aparte de algunos dolores de cabeza por lo demás similares a los que producen siempre tanto el amor como el trabajo.
Durante 14 años de vida escolar nuestros alumnos tienen la experiencia de vivir en una comunidad que, a semejanza de un monasterio, es como una sociedad alternativa cuyos pilares fundamentales son la escucha de la Palabra de Dios en la lectio divina, la comunidad organizada según la Regla de san Benito, la vida litúrgica centrada en los sacramentos y la Liturgia de las Horas, el estudio y el trabajo en distintas actividades, y la participación activa en la vida de la iglesia local buscando siempre la comunión filial con el obispo diocesano. No esperamos que todos sean miembros del Movimiento Manquehue, como ustedes no esperan hacer monjes a todos los alumnos, pero sí creemos que esta experiencia puede darles una clara identidad cristiana y eclesial. Esta experiencia no los margina de la sociedad en que viven, al contrario, les permite relacionarse con ella con respeto, no confundiendo su propia identidad sino aportándola por amor.
ˇBendito sea Dios que nos ha dado un trabajo de tal naturaleza! La educación no sólo nos permite vivir de nuestro propio trabajo “como nuestros padres y los apóstoles” (RB 48, 8) sino también construir la sociedad de nuestro tiempo según el Evangelio. Y, como si esto fuera poco, nos exige también profundizar cada vez más en nuestra propia vocación benedictina, concentrándonos en lo esencial y centralizándonos en lo absoluto.