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Manuel José EcheniqueLA VIDA ACADEMICA EN UN COLEGIO BENEDICTINO

Introducción

Definición de colegio "Que en todo sea Dios glorificado" (RB 57, 9)

Un colegio del Movimiento Apostólico Manquehue es una Escuela del Servicio Divino que busca evangelizar a todos los que se involucran en él, siguiendo la espiritualidad del MAM, que fluye de la Regla de san Benito en comunión con el obispo diocesano.

Siguiendo a San Benito, entendemos por Escuela del Servicio Divino, un camino comunitario por medio del cual, bajo la guía de una regla y un superior, cada uno de sus miembros aprende a escuchar, amar y servir a Dios y a los hermanos.

La misión principal de esta Escuela, es la de evangelizar, es decir, crear los espacios para el encuentro personal con Cristo en su Palabra. Como fruto de este encuentro sus miembros van descubriendo su vocación particular, como el camino específico que Dios le regala a cada uno para poder vivir en profundidad el sacramento del Bautismo.

El colegio, entendido como esta Escuela, debe acompañar y ayudar a sus miembros no sólo a descubrir su vocación sino también a responder a ella, entregando las herramientas y conocimientos necesarios, de modo que cada uno pueda servir a Dios con los dones que El ha depositado en ellos y ser así luz del mundo y constructores del Reino aquí en la tierra.

San Benito en su Regla establece un camino comunitario, ya que reconoce que el hombre es débil, y por tanto necesita de la ayuda de muchos para aprender a buscar a Dios y a vivir la caridad. Por esto consideramos cada uno de nuestros colegios como una gran comunidad escolar, compuesta a su vez por comunidades menores ya sea cursos, departamentos, ciclos, áreas y otros. Cada uno de estas comunidades más pequeñas, si bien tienen características diferentes según el trabajo específico que realizan, deben unirse a la misión central del colegio y a su forma de trabajo y organización. En esta vida comunitaria se desarrollan la vida litúrgica, la Lectio Divina, la convivencia y el trabajo de todos los que la componen .

Fr. Jeremy Sierla, OSBSan Benito en la organización de la vida comunitaria establece un orden en el que se busca que cada actividad tenga su momento y su lugar en que se desarrollen los distintos aspectos de la vida comunitaria y para que efectivamente "en todas las cosas sea Dios glorificado". (RB. 57,9) Nos enseña, así que los hermanos han de ocuparse "a unas horas determinadas en el trabajo manual y a otras horas también determinadas en la lectura divina" (RB 48,1). Por eso la oración y el trabajo tenemos que entenderlos como dos aspectos de una única búsqueda, que debemos desarrollar en todos los miembros de la comunidad y en especial en nuestros alumnos, para quienes su trabajo particular es el proceso de aprendizaje propio de la vida escolar, en la cual van desarrollando sus capacidades, adquieren las herramientas que necesitan, dan gloria a Dios y evitan la ociosidad que es enemiga del alma.

La vida académica al interior de la comunidad escolar

En un colegio del Movimiento, el aprendizaje no puede quedar al margen del objetivo del colegio ni a su forma de organizarse, sino más bien debe ir desarrollándose de manera que todos descubran en él un aporte real a la misión evangelizadora de nuestros colegios.

Por medio de este proceso permanente de aprendizaje los alumnos conocerán la verdad que se esconde en cada actividad o asignatura y por medio de ella podrán descubrir la verdad de la presencia de Dios como Señor de todo lo creado y Señor de su historia. Asimismo cada uno aprenderá a descubrir sus limitaciones y talentos, es decir, la verdad de la criatura creada por Dios y que San Benito define en su camino de humildad. Especialmente en lo que se refiere a los talentos, deben ser desarrollados en orden al encuentro de cada persona con Dios. Siguiendo nuestro lema de que "En todo sea Dios glorificado" buscamos desarrollar al máximo la criatura que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado pero tomando como origen y meta la salvación de las almas y el cuidar el don de ser hijos de Dios, de manera que, como nos recuerda san Benito "Por no desatender o no valorar suficientemente la salvación de las almas que le han sido encomendadas, no se interese más por las cosas transitorias, terrenas y caducas, sino que considere siempre que aceptó el gobierno de almas de las que tendrá que rendir cuentas" (RB. 2, 33-34).

Esto no significa formar en la mediocridad o no buscar que los alumnos den lo mejor de sí. Al contrario, como dice San Benito "que los fuertes deseen más y los débiles no retrocedan" (RB 64, 19), pero esto en la medida que esté dispuesto según el plan de Dios.

Para ello debe existir como parte del proceso, un conocimiento profundo de cada alumno y cada grupo en particular, ya que esta es la única forma de que la exigencia sea adecuada a cada situación y se pueda contar con las instancias de apoyo necesarias que permitan ir proponiendo desafíos que si bien, exijan un esfuerzo real y permanente de los alumnos, sean alcanzables por ellos.

En este sentido es importante tener presente que el área académica en general y cada asignatura en particular debe incorporar, junto a sus objetivos particulares, los objetivos transversales del Proyecto Educativo del Movimiento que están determinados por las Características del Alumno ahí definidas. Dentro de ellas descubriremos las habilidades y las "buenas obras" que deben ser desarrolladas, como también los errores o vicios que deben ser corregidos.

Es clave entender que sin la activa participación o concurso de la vida académica de nuestros colegios en el proceso que podemos definir como "evangelizar educando" nuestro proyecto no solo quedaría abortado, sino lo que puede ser mas grave aún, desvirtuado. Ya que sin darnos cuenta estaríamos corriendo el peligro de caer y contribuir con la gran crisis de nuestro tiempo: la separación fe y vida. ¿Cómo podemos pedir a nuestros alumnos que la fe ilumine su vida completa si esa misma fe no ilumina lo que queremos enseñarle?

En el siguiente documento hemos querido ampliar algunos de estos conceptos con el fin de clarificarlos y concretarlos.

 

La Vida Académica

1. Fe y Aprendizaje

"Escucha hijo..." La Regla de San Benito comienza haciéndonos un llamado a escuchar, a encontrarnos con Cristo que nos habla por medio de la Sagrada Escritura, para que así, "abiertos los ojos a luz deífica, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz que clama" (RB Pról. 1.9).

Esto constituye la experiencia básica de nuestra fe, el descubrir que Dios está vivo, que habla por medio de su Palabra y que actúa en la propia vida, iluminándola y llenándola de sentido.

Esta experiencia de fe es la que debe fundar nuestros colegios y es la que debe sostenerlos día a día, de manera que todo nuestro quehacer quede impregnado de esta presencia viva de Cristo Resucitado, ya que "lo que no pasa por Cristo no podrá ser redimido" (Documento de Santo Domingo Cap 3)

"El drama de nuestro tiempo es la ruptura entre Evangelio y cultura" (Pablo VI Evangelii Nuntiandi) dicho en otra palabras, la ruptura entre la fe y la vida, entre el saber y la práctica de la fe. Frente a esto se nos presenta un inmenso desafío, que es el de educar sin hacer diferencia entre lo sagrado y lo profano, sin separar la entrega de conocimientos por un lado y el anuncio de Cristo por otro.

"¡No temáis, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora las puertas de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y el desarrollo" (Homilía en la Inauguración del Pontificado de Juan Pablo II)

La experiencia de fe no puede estar separada de nuestra vida, de nuestra tarea educativa, del saber que entregamos en nuestros colegios. Todo esto debe estar ordenado según Cristo, recapitulando en El cada aspecto en los que se educa, "sino, <nuestro proyecto educativo> puede hablar de Cristo, pero no es cristiano" ( Documento de Santo Domingo Conclusiones de la 2ª parte)

Nuestra evangelización no se limita a entregar valores, a tener clases de religión o a hacer ciertas actividades pastorales "como si lo religioso se redujera a ciertos actos de culto y determinadas obligaciones morales" (Gaudium et Spes 43), sino que toda la vida de nuestros colegios debe estar encaminada a descubrir que Cristo actúa y está presente en todo lo que hacemos. De esta manera todo adquiere una dimensión de trascendencia, de Vida Eterna.

Las distintas áreas, actividades y ámbitos de la vida escolar de nuestros colegios pasan a ser así un espacio de escucha en los cuales Cristo nos manifiesta su voluntad, por lo que debemos educar de tal manera que nuestros alumnos, inclinando el oído del corazón, sean capaces de descubrirla en cada una de ellas.

Esta escucha de la que nos habla la Regla, este encuentro con Cristo, va íntimamente ligado a la obediencia, ya que escuchar a Dios es buscar su voluntad y ponerla en práctica, "Levantémonos pues que la Escritura nos desvela..." (RB Pról 8) Así pues, el colegio no sólo debe crear los espacios para el diálogo de Dios con el hombre, sino que junto con esto, debe acompañar y guiar en la respuesta a esta Palabra, entregando todas las herramientas y conocimientos necesarios para que cada uno pueda responder a la voluntad de Dios y llevar a cabo lo central de su vida de cristianos: su vocación.

Para ir desarrollando esta escucha, san Benito estructura un camino comunitario, en el cual ordena cada aspecto de la vida de tal manera que ningún momento sea más importante que otro, ya que reconoce que Cristo está presente en cada uno de ellos, y que todo es parte del único servicio a Dios. Instaura así una Escuela del Servicio Divino en donde el trabajo y la oración son dos aspectos complementarios de una misma búsqueda.

Siguiendo a San Benito, en nuestros colegios no podemos dejar ningún aspecto de la vida escolar de nuestros alumnos al margen de esta presencia de Cristo. No podemos ser una comunidad que sólo en lo exterior y en algunas actividades puntuales y desarraigadas del quehacer regular y diario del colegio se manifieste un presencia de Dios y que todo el resto se lleve a cabo según las obras del mundo.

Todas las herramientas que les entreguemos a nuestros alumnos para desenvolverse en el mundo, todos los conocimientos y habilidades que en ellos inculquemos, no pueden estar al margen de una visión de fe, de Iglesia, en definitiva, de Cristo. Es la experiencia de fe en Cristo la que debe iluminar y dar sentido a todo lo que nuestros alumnos desarrollan mediante este proceso de aprendizaje, de manera que potencien su respuesta a la voluntad de Dios, y sirvan para el bien de la comunidad y el desarrollo de la caridad. El aprendizaje es por tanto uno de los ámbitos en los cuales se nos manifiesta la voluntad de Dios, y es fundamental para que nuestros alumnos puedan responder a su vocación particular, de manera de ir formando en cada uno de ellos el hombre nuevo según Cristo.

Debemos educar y trabajar de manera que "en todo sea Dios glorificado", poniendo todo nuestro trabajo en las manos de Dios, para que sea El quien lo lleve a buen término según su voluntad. En toda su vida escolar dentro de esta Escuela, nuestros alumnos deben tener siempre presente que Dios actúa y que el estudio también forma parte de su historia de salvación, por lo que deben disponerse a cumplir la voluntad de Dios allí manifestada, obedeciendo a las exigencias que este proceso implica, recordando siempre lo que dice san Benito "y por lo que toca a lo que no puede en nosotros la naturaleza, roguemos al Señor que se digne concedernos la ayuda de la gracia" (RB Pról 41) y así, confiando en el auxilio de Dios, aprendan a servirlo desde esta situación concreta.

Es así como entendemos que educar - con todo lo que ello implica - es en términos cristianos, sinónimo de evangelizar, ya que todo el quehacer de nuestros colegios ve en Cristo su fin y fundamento. Es a El a quien nuestros alumnos deben escuchar en su Palabra, en la Liturgia, en los otros y en cada circunstancia de su vida escolar, y a es a El a quien deben buscar servir con todos sus dones y talentos.

Sólo entendiendo de esta manera todo el quehacer de nuestros colegios, podremos formar a hombres y mujeres en quienes su vida no esté separada de su fe, sino que crean por experiencia que Dios actúa en sus vidas y que el Evangelio tiene para ellos una palabra que les da sentido a cada situación particular en la que se encuentren. De esta manera nuestros alumnos podrán contribuir a la misión de la Iglesia, colaborando en la construcción del Reino dondequiera que El los llame.

"De la naturaleza de la escuela deriva uno de los elementos más expresivos de la originalidad de su proyecto educativo: la síntesis entre cultura y fe. En efecto, el saber, considerado en la perspectiva de la fe, llega a ser sabiduría y visión de vida. El esfuerzo para conjugar razón y fe, llegado a ser el alma de cada una de las disciplinas, las unifica, articula y coordina, haciendo emerger en el interior mismo del saber escolar, la visión cristiana del mundo y de la vida, de la cultura y de la historia. En el proyecto educativo de la escuela católica no existe, por tanto, separación entre momentos de aprendizaje y momentos de educación, entre momentos del concepto y momentos de la sabiduría. Cada disciplina no presenta sólo un saber que adquirir, sino también valores que asimilar y verdades que descubrir. Todo esto, exige un ambiente caracterizado por la búsqueda de la verdad, en el que los educadores, competentes, convencidos y coherentes, maestros de saber y de vida, sean imágenes, imperfectas desde luego, pero no desvaídas del único Maestro. En esta perspectiva, en el proyecto educativo cristiano todas las disciplinas contribuyen, con su saber específico y propio, a la formación de personalidades maduras." (El Colegio Católico en los Umbrales del Tercer Milenio. 14)

2. Vocación

En la Regla de San Benito todo está determinado con el fin de que cada uno de las personas busque a Dios y con la ayuda de la comunidad lo encuentre. Desde el inicio del Prólogo, en donde se nos invita a "retornar a aquel de quien te habías apartado", hasta el final del capítulo 72 en donde pide a Cristo que " nos lleve a todos juntos a la vida eterna", la Regla refleja un objetivo claro e ineludible: buscar a Dios, vivir pendiente del encuentro con Cristo, vivir aprendiendo a morir, para así alcanzar la Vida.

Sin esta visión la Regla pierde consistencia, se transforma en un tipo de organización comunitaria llena de valores pero sin un fin claro, ni una visión distintiva del hombre, en definitiva, se le desarraiga de su fundamento: el Evangelio.

Desde ese punto de vista una comunidad educativa benedictina, tendrá como fin último el que sus miembros, en especial los alumnos, tengan los espacios para este encuentro con Dios y descubran su vocación. Pero no un tipo vocación cualquiera, sino en primer lugar su vocación de hijos de Dios, que descubran el amor con que Dios los ha creado, que reconozcan en su vida que son criaturas de Dios; únicos e irrepetibles y que por lo tanto su existencia tiene un sentido, una razón: una razón de amor. Todos los hijos de Dios y por lo tanto todos los miembros de la comunidad escolar, han recibido por su Bautismo una vocación a la santidad que es de carácter universal. San Benito en su Regla, muestra una relación inseparable entre esa vocación a la santidad y la búsqueda de la felicidad cuando pregunta: "¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?" (RB. Pról. 15). Esa pregunta San Benito se la hace a un hombre que está cuestionándose, al cual le ofrece un camino por el cual avanzar. La vocación entendida de esta manera, es la respuesta que el Señor da a la necesidad más profunda que cada persona y cada joven tiene en su corazón, es el camino para saciar la sed interior, es la respuesta a todas las ansias, a todos los temores, a los sueños que todos tenemos. Es el camino para encontrar la verdadera felicidad, ya que como dice san Agustín: "Nuestro corazón no hallará sosiego hasta que descanse en ti".

A partir de esta llamada universal es decir, que es común para todos, existe también lo que denominamos la vocación individual en donde cada uno, a partir de su ser único e irrepetible, debe ir descubriendo la particular situación de vida, profesión o lugar en donde debe vivir esa llamada universal.

En este contexto nuestro colegios como Escuela del Servicio Divino, debe ser una instancia de discernimiento vocacional, en donde se enseñe la fidelidad en la búsqueda de Dios y en donde se entreguen los elementos, las herramientas para descubrir dónde y cómo servir a Dios, pero con la particularidad de un tipo de enseñanza en donde existan los espacios para que los jóvenes aprendan en comunidad a servir a Dios, sirviéndolo.

Para esto es importante desarrollar en los jóvenes la capacidad de conocerse a sí mismos, para que sepan explorar en su mente y en su corazón, conocer así sus talentos y limitaciones; sus fortalezas y sus debilidades, de modo que se aproximen cada vez más a la verdad de su existencia y no a la imágenes que muchas veces nos hacemos de nosotros mismos. Debemos velar también para que nuestros alumnos tengan al interior de nuestros colegios, la oportunidad de realizar distintas actividades tanto dentro como fuera del horario de clases y afrontar nuevos desafíos, de manera que vaya conociendo sus intereses, motivaciones y capacidades. Así, cada uno podrá, mirando su historia personal, descubrir los signos y los acontecimientos que de alguna manera van señalando un camino por el cual avanzar en la vida. Si nuestros alumnos experimentan en su vida escolar momentos de realización personal, de paz interior y de alegría verdadera, buscarán revivirlos nuevamente en el futuro. De esta manera nuestros alumnos podrán responder a la invitación que san Benito nos hace en su Regla: "Busca la paz y corre tras ella" (RB. Pról.17), sabiendo que esa paz no se puede buscar en el vacío sino que se experimenta en momentos concretos y que sólo a partir de ellos podemos buscarla en lo futuro.

También debemos encarnar esta búsqueda de la vocación personal, en la realidad concreta en que vivimos, por lo que debemos enseñar a nuestros alumnos a mirar lo que la Iglesia denomina "signos de los tiempos", es decir, reconocer los elementos propios de la sociedad y la cultura en que vivimos y descubrir en ella las formas propias que el tiempo requiere para construir la civilización del amor. Para ello nuestros colegios deben desarrollar en los alumnos un espíritu crítico en donde, con la mirada de la fe, aprendan a amar su tiempo, a descubrir su realidad y busquen ser luz del mundo según el Evangelio.

El proceso enseñanza en nuestros colegios debe pues entregar todos estos elementos ya mencionados: conocimiento de sí mismo, oportunidades de vivir distintas experiencias y desafíos unido a un conocimiento profundo de la realidad que los impulse a buscar siempre la verdad. Toda la vida del alumno al interior del colegio tiene que ser en sí misma una escuela del servicio divino. El aprendizaje y la vida académica en nuestros colegios adquirirá un real significado cuando se emprenda no en forma paralela a la misión de la Iglesia, sino a causa de ella y de la vocación de cada alumno. El estudio no esta ajeno a la respuesta que da el creyente, sino que debe fomentar la búsqueda de Dios, debe estar al servicio de la vocación divina que nos llama a construir la civilización del amor. Sin embargo para esto es fundamental que durante todo este proceso exista un real acompañamiento hacia cada uno de nuestros alumnos de parte de profesores y tutores, que los ayude, a la luz de la Palabra de Dios, a descubrir la presencia de Cristo en todo lo que van haciendo y aprendiendo.

Todo el quehacer educacional de nuestros colegios debe velar por crear los espacios de encuentro entre Dios y cada alma puesta bajo nuestro cuidado. Todo lo que hagamos adquiere una trascendencia, una dimensión de historia de salvación, en la medida que tengamos como objetivo común el descubrimiento de la vocación personal entendida ésta como la forma única y particular a la que Dios llama a cada uno a colaborar en la construcción del Reino. La entrega de la vida a Dios no podemos reducirla a la vida "religiosa" de algunas vocaciones particulares, sino más bien al que todos vivan su vida tomando conciencia de su bautismo. Mirado así, el desarrollo personal y profesional de la persona deja de ser una realidad mundana y se hace fundamental para favorecer la presencia informante del Evangelio en la Sociedad.

"A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro; diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad". (1º Cor 12, 7-11).

3. Los Talentos

"Si hay artesanos en el monasterio ejerzan sus oficios con humildad, si el abad lo permite. Pero si alguno de ellos se envanece por su habilidad en el oficio, porque le parece que aporta alguna ganancia al monasterio, sea este tal apartado del oficio, y no vuelva a ejercerlo, a menos que el abad se lo ordene de nuevo, después de haberse humillado". (RB. 57, 1-3)

La visión que San Benito entrega sobre el desarrollo de los talentos tiene su origen, como toda la Regla, en la primacía de la búsqueda de Dios por sobre toda otra consideración. Frente al desarrollo institucional y personal, san Benito nos invita a hacernos permanentemente la misma pregunta que hace a los que quieren incorporarse a la comunidad: "Si de veras busca a Dios" (RB. 58, 7).

Siguiendo el capítulo 57 de la Regla, tenemos que velar por nuestra pureza de intención como colegio, ya que la "ganancia" de que habla san Benito está también presente en nuestro proceso de enseñanza - aprendizaje. Es necesario preguntarnos siempre: ¿Qué buscamos al desarrollar los talentos en nuestros alumnos?

Hoy en la Sociedad se incentiva el desarrollo de talentos, estamos en el tiempo de la eficiencia a cualquier costo, de competencia globalizada, de desarrollo de habilidades, de capacitación, de rankings, de certificaciones y de una gran preocupación por la educación de las nuevas generaciones. Como colegios nos sentimos interpelados por estas exigencias, muchas veces encarnadas en lo que nuestros apoderados quieren para sus hijos. Por otra parte está también la parábola de los talentos del Evangelio (cf. Mt 25 14) en donde se nos llama a no enterrar "Los dones que ha depositado en nosotros" (RB Pról. 6).

Esto nos puede llevar fácilmente a enfrentar el desarrollo de talentos como un fin en sí mismo, como un bien absoluto que no haría sino apartar a muchas actividades de la vida escolar, en especial la académica, de los fines superiores de nuestros colegios, haciendo aparecer muchos de sus objetivos particulares como contrapuestos a nuestra misión.

El desarrollo de los talentos individuales en nuestros colegios debe ir enmarcado dentro de la vida comunitaria, del camino de la humildad que propone San Benito y mirando la misión de cada persona en la construcción del Reino. Sólo en este marco y a partir de él, podemos guiar el proceso de enseñanza - aprendizaje hacia el desarrollo personal de cada uno de nuestros alumnos.

Los Talentos y la vida comunitaria

El Papa Juan Pablo II en la Conferencia de Puebla señaló que la escuela católica debía: "Convertir al educando en sujeto no sólo de su propio desarrollo, sino también al servicio del desarrollo de la comunidad: educación para el servicio" (Documento de Puebla 1030)

Siguiendo a San Benito yal llamado que la Iglesia nos ha hecho, hemos definido nuestros colegios como una comunidad educativa, compuesta a su vez por comunidades menores en las cuales participan, de una u otra manera, todos aquellos que se involucran en nuestros colegios.

El fin de la vida comunitaria es el de crear los espacios para el encuentro de cada uno de sus miembros con Dios, es decir que cada uno sea o llegue a ser el hijo que Dios ha querido crear, que se desarrolle en plenitud en todos sus ámbitos según el plan de Dios.

Se establece este camino comunitario ya que siguiendo a nuestro padre San Benito, asumimos la debilidad de cada hombre y la necesidad de la ayuda de unos por otros.

Dentro de la comunidad escolar, todos necesitamos "ser formados con la ayuda de muchos" (RB 1,4) por lo que no podemos establecer categorías absolutas de fuertes y débiles entre sus miembros. Cada miembro de la comunidad tiene fortalezas y debilidades particulares, distintas unos de otros.

Una parte fundamental del proceso de enseñanza será la de desarrollar desafíos y espacios que potencie los talentos de todos, pero que haga también aparecer sus debilidades, ya que sólo así se podrá ir formando entre los miembros de la comunidad la necesidad de ayudar y ser ayudado, la necesidad de complementarse. En sus limitaciones descubrirán que no son autosuficientes, que no todo lo pueden hacer como querrían por lo que junto con el esfuerzo personal dependerán de la ayuda de los demás y como dice San Benito, de la oración, de manera que Dios nos asista con su Gracia en lo que no podemos con nuestras fuerzas (Cf RB. Pról 41). Se trata pues de ir creando en nuestros alumnos la conciencia de que dentro del colegio todos vamos caminando juntos, fuertes y débiles, y que por tanto el logro individual lo es también comunitario, así como la necesidad individual es una obligación comunitaria.

Un peligro importante es el que un talento sobre desarrollado o sobre valorado provoque en alguno de los miembros de la comunidad, una sutil marginación de éste de la vida comunitaria, por sentir que sólo aporta una "ganancia" a la comunidad y que ésta no le aporta nada y que por lo tanto no necesita de ella. Por otra parte frente a la debilidad está también el peligro de la posible marginación ya que, al contrario del caso anterior, un alumno puede percibir que sólo recibe y no aporta. Esto ocurre en especial cuando destacamos o valoramos sólo algunos aspectos de la vida escolar o del proceso de aprendizaje y olvidamos otros igualmente importantes. Frente a esto es fundamental incentivar el desarrollo de la vida de caridad y amistad espiritual entre nuestros alumnos, en donde puedan aprender a quererse y valorarse mutuamente en sus diferencias y ayudarse unos a otros por medio de una regular corrección fraterna y estímulo de las virtudes. No sólo los profesores y tutores deben conocer a sus alumnos sino que entre ellos mismos también debe desarrollarse un conocimiento y confianza mutua que les permita velar los unos por los otros para el correcto desarrollo en las distintas áreas en que se desenvuelven, según los dones que Dios ha dado a cada uno.

Es importante desarrollar en nuestros colegios un sistema de funcionamiento general y de enseñanza que vele por hacer crecer entre los alumnos el sentido de comunidad y de pertenencia de sus miembros a ella. El excesivo individualismo de los logros y fracasos, la no injerencia de la comunidad en los procesos hace que la comunidad exista sólo nominalmente, ajena a la vida concreta de las personas que la componen.

"Así también el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si dijera el pie: << Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo>> ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Y si el oído dijera: << Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo>> ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿donde el olfato? Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: <<¡ No te necesito!>> Ni la cabeza a los pies <<¡No os necesito!>> (1º Cor 12, 14-21).

Los Talentos y la Humildad

San Benito en su capítulo de la humildad nos enseña a descubrirnos en nuestra verdad, a reconocer que somos criaturas de Dios y que como tales dependemos de Él. En él se nos muestra cómo debe ser un hombre cristiano, en qué debe apoyarse, cómo debe crecer y en definitiva nos enseña el sentido más profundo de las palabras del Evangelio que nos dice: "Si alguno quiere venir es pos de mi niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame, porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mi, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? o ¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?" (Mt. 16 24-26)

Así pues, camino de la humildad aplicado a nuestros colegios, nos debe ayudar a ordenar todas las cosas de tal manera que nuestros alumnos descubran su verdad más íntima, aprendiendo a descubrir en sus talentos y en sus debilidades el inmenso amor con que Dios los ha creado a cada uno.

Dios nos creó con nuestros talentos y con ellos tiene una historia de salvación, por lo que no podemos tener temor en desarrollarlos, ya que son parte de la gracia de Dios manifestada en "nuestra creación". Son los instrumentos y dones con los cuales podemos obedecerle, por lo que no podemos enterrarlos como algo peligroso, ni tampoco formar a nuestros alumnos en la mediocridad o en la falta de motivación e intereses, sino que debemos potenciarlos pero de acuerdo al plan de Dios, buscando su gloria y no la nuestra.

En este sentido debemos desarrollar y crear un ambiente escolar que motive, estimule y valore el desarrollo de la persona en todos los ámbitos, pero que al mismo tiempo no haga caer en la vanagloria, en el orgullo, ni en la autosuficiencia. Debemos formar en nuestros alumnos una verdadera humildad, de manera que sus éxitos y logros, no se conviertan en una alternativa a la dependencia de Dios, es decir una suerte de idolatría, sino al contrario, que aprendan a dar gracias por los dones y talentos recibidos. "Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos" ( Decreto Apostolicam Actuositatem - Conc. Vaticano II)

En este sentido debemos estar atentos también al peligro de que como institución busquemos desarrollar talentos de carácter académico, pastoral, deportivo, artístico o social, no pensando en lo que significa para el desarrollo de la comunidad escolar o en el verdadero bien o en la felicidad futura de cada uno de nuestros alumnos, sino movidos por una "ganancia" institucional, que se puede traducir en prestigio, figuración, marketing o gustos particulares. Es muy necesario estar consientes de esto ya que fácilmente podemos confundirlos con fines más nobles, "como si fuera santo el oficio y no la vida" (San Jerónimo).

Los Talentos y la construcción del Reino

"Y por cierto es tanta la conexión y la trabazón de los miembros de este cuerpo, que si un miembro no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo, hay que decir que es inútil para la Iglesia y para sí mismo" (Decreto Apostolicam Actuositatem - Conc.Vaticano II)

Una de la características que hemos definido como prioritarias a desarrollar con en los alumnos de nuestros colegios, es el de ser Misioneros y Apostólicos, es decir, buscar que cada uno de ellos "se incorpore a la misión de la Iglesia y sus pastores y en medio de ella asuman la evangelización del hombre en sociedad buscando ordenar las realidades temporales según Cristo" (Documento Características del Alumno DEM).

En nuestros colegios buscamos entregar a nuestros alumnos todos los conocimientos y herramientas que les permitan cumplir efectivamente esta misión evangelizadora. No basta transmitir el ideal de esta misión, sino que también debemos guiarlos en su camino y dotarlos de las habilidades y conocimientos necesarios para llevarla a cabo, ya que esto constituye parte esencial de su vocación de cristianos.

Para esto es muy importante desarrollar una enseñanza donde se unan fe y vida, trabajo y apostolado, opción personal de vida y vocación; ya que sólo así nuestros alumnos podrán proyectar esta visión en su vida futura. El hombre benedictino que buscamos formar no es un hombre donde su fe deba ir marginada de lo más concreto de su vida, sino que en su trabajo, tanto presente como futuro, debe estar incorporado el sentido de misión, de construcción del Reino.

Para esto, nuestro curriculum debe despertar en nuestros alumnos el interés y la motivación por aportar con lo que tienen y con lo que son, en la construcción del Reino en medio del mundo concreto que les toca vivir. Un curriculum que permita desarrollar en ellos una mirada crítica del mundo que los rodea, que suscite el celo en la búsqueda de la verdad en todas las áreas en que se involucran, que desarrolle el gusto y el esfuerzo por aprender, para que con todos estos elementos, descubran su rol particular dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia.

Todo lo que enseñamos junto con las capacidades que logremos desarrollar en nuestros alumnos tendrá valor en la medida que cada uno de ellos lo destine a la construcción del Reino y se convierta así en una vida misionera.

Es por esto que nuestro anuncio del Evangelio no puede ser un mensaje ajeno a la realidad temporal que están viviendo nuestros jóvenes, sino muy por el contrario, debe estar encarnado en la problemática concreta que ellos enfrentan. En este sentido nuestros alumnos deberán conocer la sociedad en que viven y su cultura, su historia y su presente, para desde ahí desarrollar una mirada crítica en el verdadero sentido de la palabra, para que sepan descubrir las limitaciones y las posibilidades del mundo que les toca vivir, y frente a ella, con una mirada de fe, es decir, trascendente y optimista, asuman que es el tiempo concreto que Dios les ha entregado y por lo tanto, en el que tienen que construir, cumpliendo su misión y su apostolado.

Por ello es muy importante que, junto con transmitir el mensaje de la salvación, en nuestros colegios se desarrollen el trabajo y el servicio concreto, en medio de la realidad escolar presente aquí y ahora. El colegio no puede ser sólo un lugar de preparación para la vida de misión futura, sino que tiene que crear espacios para que cada uno de nuestros alumnos descubra que su misión comienza hoy.

Un espacio privilegiado para esto es lo que en nuestros colegios denominamos tutoría. En ella se integran muchas áreas de apostolado, de trabajo y misión tanto al interior como hacia el exterior de la comunidad escolar, tanto en lo que podemos denominar pastoral como en lo social, deportivo y académico. A través de ella, nuestros alumnos pueden comenzar esta construcción del Reino al interior del mismo colegio, entregando sus talentos y conocimientos al servicio de la comunidad escolar, en especial, de los alumnos menores.

Así pues los alumnos en la medida que van creciendo y llegando a "la edad de la reflexión" (RB 63,19) deben pasar de ser meros receptores, a ser participantes activos de la vida escolar, en donde cada uno vaya encontrando un espacio en el cual llevar a cabo su aporte a la comunidad. Los alumnos deben descubrir que son necesarios, que lo que no hace cada uno de ellos, nadie más lo hará y que aquello que construyen es irremplazable, y que por lo tanto son actores fundamentales de nuestro proyecto educativo.

Sólo será posible formar a hombres y mujeres que realicen su misión en el futuro, en la medida que vivan ya en nuestros colegios, la necesidad de la misión y que "mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20,35)

Para esto nuestra enseñanza deberá buscar que los alumnos adquieran el máximo de herramientas para desarrollar su misión de manera acertada y efectiva. El celo por la búsqueda de verdad, la capacidad de trabajo en equipo, las habilidades de comunicación, el valor de aprender, el esfuerzo, la negación personal y la responsabilidad deben ser elementos a considerar en el desarrollo de los talentos, ya que no sólo debemos quedarnos en entregar a los alumnos el mensaje de la fe, sino que junto con esto, debemos formarlos para que asuman su rol en la Iglesia, para que tomando por guía el Evangelio, sean agentes de cambio de la sociedad.

4. La Exigencia

La exigencia fruto del amor a nuestros alumnos 

"Vamos, pues, a instituir una Escuela del Servicio Divino. Al organizarla, esperamos no tener que establecer nada áspero, nada oneroso. Pero si alguna vez, requeriéndolo una razón justa, debiera disponerse algo un tanto mas severamente con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones enseguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que al principio debe ser forzosamente estrecho" (RB Pról 45-48)

San Benito establece la vida comunitaria teniendo muy claro la debilidad de cada miembro de la comunidad y al mismo tiempo la necesidad de establecer esta escuela con un rigor y una exigencia que le permita desarrollar su fin.

Esta exigencia, al igual que la disciplina al interior de la comunidad escolar, no es un fin en sí mismo, ni siquiera puede ser considerada como un bien o una virtud, sino que se plantea como un medio para alcanzar un bien superior: la corrección de los vicios y el desarrollo de virtudes, talentos o aptitudes que serán indispensables para el servicio a Dios y a los demás. " Se descarta como fin de la escuela católica el simple logro del saber. No lo niega, al contrario, lo exige, pero de por sí solo no lo justifica" (Educación Católica en el Documento de Puebla)

La vida académica debe provocar desafíos, búsqueda de la verdad, conocimiento de sí mismos en sus potencialidades y limitaciones, debe generar inquietud intelectual, espíritu crítico frente a la visión del mundo, debe entregar los elementos para una adecuada comunicación e información, debe generar el ímpetu de hacer algo, y debe entregar los instrumentos para desarrollar con hechos la vocación recibida.

Todo esto no es posible sin un camino estrecho, sin desarrollar trabajos y tareas que los alumnos no siempre entenderán por qué son necesarios ni verán el objetivo que con ellos se persigue. Un camino en el que ellos, a imagen de capítulo de la humildad de la Regla, muchas veces no hacen lo que quieren sino algo que se les manda. En incontables ocasiones el ejercicio del estudio será para nuestros alumnos materia de ofrecimiento, de oscura entrega, de paciencia, pero sabemos también que esto los va fortaleciendo interiormente y los hace crecer. Así pues, la exigencia se comprende como fruto del amor a nuestros alumnos, que como prolongación el amor de las familias por sus hijos, nos lleva a buscar aquello que los hará crecer más plenamente como personas y como hijos de Dios.

Por esto es necesario buscar la manera de desarrollar el sentido del esfuerzo y la perseverancia en las contradicciones, que descubran que las situaciones de la vida no siempre son simples y fáciles, sino que requieren de un morir a los intereses personales para encontrar la felicidad y la realización verdaderas. De esta forma estaremos trabajando otra de las características que buscamos desarrollar en nuestros alumnos y que hemos definido como Estabilidad, esto es, que nuestros alumnos aprendan a perseverar en las dificultades y contradicciones concretas y así tomar "su cruz de cada día con alegría confiando en que todo lo pueden y todo lo soportan en aquel que los ha amado" (Características del Alumno DEM).

Debemos estar conscientes de que la exigencia en la vida académica muchas veces va a generar conflictos y tensiones especialmente entre alumnos y profesores, que sin embrago nos permiten estar pendientes y despiertos para reaccionar a tiempo frente a las dificultades y no instalarnos en una comodidad que no deja espacio a la conversión. En este sentido siempre tenemos que tener presente que lo que buscamos para nuestros alumnos es la alegría verdadera y no una tranquilidad puntual o una aparente felicidad que se confunde muchas veces con una ausencia de problemas

Sin embargo, la vida académica y sus exigencias deben moderarse siempre de tal manera que existan también los espacios para que nuestros alumnos participen en otro tipo de actividades ya sea dentro o fuera del horario de clases, que si bien no pertenecen directamente al área académica, son fundamentales para la formación de nuestros alumnos de acuerdo a nuestro Proyecto Educativo. Así pues, aunque sabemos que la exigencia en la vida académica es necesaria para que nuestros alumnos saquen provecho de su tiempo, eviten la ociosidad enemiga del alma y cumplan responsablemente con sus obligaciones, debemos cuidar de no provocar en ellos aquella justa murmuración de la que san Benito nos advierte.

El criterio fundamental de la exigencia al interior de nuestros colegios 

"Que los fuertes deseen más y que los débiles no retrocedan" (RB 64, 19)

En los colegios del Movimiento buscamos educar como una familia, es decir, recibimos a nuestros alumnos sabiendo que no son todos iguales, que no todos tienen la misma capacidad y que al igual que en cualquier familia, en nuestros colegios tendremos alumnos con mayores facilidades y otros con más dificultades. A ambos debemos educar, a ambos debemos exigirles, ambos tendrán que esforzarse y, asumiendo sus diferencias, deberemos enfrentar este desafío de acuerdo a los criterios que san Benito en su Regla entrega al abad, "Reprende, exhorta, amonesta".(RB 2, 23)

Si bien el carácter comunitario de nuestros colegios evita que nuestra opción pedagógica sea extremadamente individualista, eso no significa que no se preocupe de cada persona, al contrario, el orden comunitario bien hecho debe permitir desarrollar un respeto, un conocimiento y un amor especial para cada miembro de la comunidad.

De acuerdo a los diferentes talentos, inteligencias y características deberemos, como comunidad escolar, buscar los caminos para que todos puedan desarrollarse de acuerdo al plan de Dios. La exigencia académica no significa por tanto que todos alcancen las mismas metas y de la misma manera, sino que manteniendo el sentido de comunidad, deberá velar para que cada alumno vaya creciendo y mostrando su propia forma de avanzar, de alcanzar objetivos y metas propias, que si bien le requieran un esfuerzo y constancia, sean por sobre todo alcanzables, de manera que lo hagan crecer en su aprendizaje. Para ello es fundamental desarrollaren los profesores y tutores un verdadero conocimiento de cada uno de nuestros alumnos en todas sus áreas, ya que sólo con ese conocimiento podremos saber cuándo "halagar" cuándo "reprender" cuándo "persuadir", "si se cansa demasiado", "si desea más", o si estamos "quebrando la caña hendida" (Cf RB 2, 31; 64, 18; 64, 13).

Esta preocupación individual está íntimamente unido al desarrollo de la capacidad de "Escucha" por parte de nuestros profesores y de la dirección académica de nuestros colegios, lo que significa que no basta con que ellos posean un conocimiento teórico de su área o de los alumnos, sino que sepan realmente quiénes son los alumnos que cada día tiene al frente, a conocer cuáles son sus posibilidades, a asumir sus diferencias y a desarrollar a imagen del abad en la Regla "la mayor solicitud y afanarse con toda destreza e ingenio por no perder ninguna de las ovejas que le han sido confiadas". (RB 27, 5).

En este sentido es necesario que junto con formar profesionalmente a nuestros profesores, los vayamos formando de manera que sean cada día más verdaderos abades de los alumnos que tienen bajo su cuidado, esto es, que sean capaces de creer en la amistad, de abrirse al amor hacia cada uno de ellos, de enseñarles a oír a sus alumnos no sólo cuando se desata una crisis o un logro puntual, sino en situaciones de diálogo verdadero, sincero y permanente, e impulsarlos a trabajar para sacar a cada uno de sus alumnos del anonimato.

En las investigaciones teóricas acerca de este tema, se llega a dos conclusiones que debemos combinar permanentemente para no caer en visiones parciales con respecto a esto. Por una parte se demuestra que más allá de las mediciones específicas, todos los alumnos pueden aprender, pero por otra parte estos alumnos no aprenden todos igual ni con la misma facilidad.

Esto nos confirma lo que San Benito nos enseña en cuanto no tender como colegio a querer trabajar sólo con los que podríamos considerar buenos alumnos o alumnos con facilidades; "Tomabais lo que os parecía gordo y desechabais lo flaco" (RB 27, 7) sino más bien a enfrentar el desafío de hacernos cargo de los alumnos que Dios nos ha encomendado con un profundo amor, ya que como dice la Regla en ese mismo capítulo citando el Evangelio " no necesitan médicos los sanos, sino los enfermos" (RB 27, 1), por lo tanto debemos ayudar a cada uno de ellos como buenos médicos, en este caso maestros, a salir adelante agotando toda nuestra diligencia, aplicando remedios a sus necesidades. (Cf RB 2, 8) y adaptándose a cada edad e inteligencia (Cf RB 30, 1)

El capítulo de los semaneros en la Regla dice que además "a los débiles se les proporcionarán ayudantes para que no lo hagan con tristeza. En realidad todos han de tener ayudantes...." (RB 35, 3-4). Así pues, en nuestros colegios se debe buscar que todos reciban ayudantes, tutores, ayuda de los padres, refuerzos, trabajos especiales, para que avancen sin excesiva tristeza.

San Benito nos dice también que "se distribuía a cada uno según lo que necesitaba" (RB 34, 1), es decir, que en nuestros colegios esta ayuda no debe ser pareja e igual para todos, sino de acuerdo a cada uno, individualizando las fortalezas y debilidades, las metas y las evaluaciones tanto a cada alumno como a cada grupo o curso específico. Debemos en este sentido desarrollar una metodología y una evaluación diferenciada que, definiendo las metas, permita a cada alumno avanzar hacia ellas pero de acuerdo a su realidad.

En resumen podemos definir que la exigencia académica debe estar en primer lugar regida por el amor, y por ese amor buscar que nuestros alumnos se desarrollan en sus capacidades pasando quizá necesariamente por cosas ásperas y onerosas (Cf RB Pról 46) por mandatos que podrían parecer imposibles, pero que por medio de la perseverancia en la comunidad comenzará a observar y a cumplir todo sin esfuerzo, por costumbre, por amor a Cristo, por la costumbre del bien y por el gusto de las virtudes (RB Cf 7, 67-70).

6. Búsqueda de la Verdad

"Yo soy el camino la verdad y la vida" (Jn 14, 6)

En nuestros colegios comprendemos el aprendizaje como parte de la búsqueda de Dios, por medio de la cual nuestros alumnos van acercándose a la verdad de las cosas, de sí mismos y en definitiva de Dios mismo, fuente de toda verdad, que ilumina al hombre, lo libera de la ignorancia y lo conduce hacia la sabiduría, hacia el encuentro con el Padre, origen y fin de todo conocimiento.

Para lograr esto en primer lugar es necesario que nuestros alumnos descubran que esta verdad no les pertenece, sino que debe ser buscada en los distintos ámbitos en los que se desenvuelven, ya sea espiritual, físico, social o académico, buscando en las cosas creadas la imagen de su Creador, de manera que de la verdad de cada una de ellas asciendan a la verdad total que es Dios. De esta manera los conocimientos particulares adquieren una dimensión contemplativa, que conduce hacia la verdadera sabiduría. "Finalmente la naturaleza intelectual se perfecciona y se debe perfeccionar por la sabiduría, que atrae suavemente la mente humana hacia la búsqueda y el amor de la verdad y el bien. Guiado por ella el hombre trasciende de lo visible a lo invisible" (GS 15. C.V.II)

Para conocer realmente cualquier verdad particular es necesario que nuestros alumnos desarrollen la capacidad de escucha, propia del verdadero discípulo, de tal manera que "inclinando el oído del corazón" (RB Pról 1) sepan responder con obediencia a la verdad y a las exigencias particulares de aquello que está haciendo o estudiando. En este sentido debemos enseñar a nuestros alumnos a ser discípulos, a dejarse guiar, a ver en todos y en todo la oportunidad de aprender y así desarrollar en ellos un celo por la búsqueda de la verdad.

Esta escucha consiste en un constante ejercicio, que debe ser enseñado y practicado. Sólo por medio de este ejercicio, se puede desarrollar el gusto por aprender, se puede despertar este deseo de verdad que todo hombre posee. El colegio por tanto, no puede limitarse a dar contenidos, sino que debe formar en esta búsqueda que compromete a la persona entera.

Nuestros colegios deben ser capaces promover en los alumnos esta búsqueda de la verdad en todas las áreas en que ellos se desenvuelvan, sin temor al conocimiento ya que, como ya dijimos, la verdad última de cada uno de ellos está en Dios. Sólo un conocimiento parcial o imperfecto los puede llevar a desviarse del único camino. En este sentido debemos cuestionarnos cuando San Benito nos dice " no sea que Dios nos vea en algún momento inclinándonos al mal y convertidos en unos inútiles..." (RB 7, 29) La inutilidad que plantea San Benito no se refiere a la incapacidad para hacer determinados trabajos o estudios sino que la inutilidad de estar inclinados al mal, es decir, el trabajar o realizar una actividad con fines equivocados o en función de una "verdad" falsa o que no es tal. En nuestros colegios podemos enseñar muy bien muchas cosas y sentirnos orgullosos de los logros obtenidos, pero en definitiva sin hacer ningún aporte a la búsqueda real de la verdad.

"Recuerde el abad que de su doctrina y de la obediencia de los discípulos, de ambas cosas, se ha de hacer examen en el tremendo juicio de Dios" (RB 2,6) siguiendo a San Benito, debemos desarrollar en nuestros alumnos la búsqueda fiel y obediente de la verdad, ya que de esa obediencia también se nos pedirá cuenta, lo que significa que esa obediencia no puede ser vista como un derecho del educador ni como una obligación del alumno sino más bien como un objetivo a alcanzar. Para ello debemos tener o desarrollar una metodología que la promueva.

San Benito recomienda al Abad ser más amado que temido; en el capítulo de la humildad habla que el discípulo debe caminar desde la obediencia por temor al seguimiento por amor. De estos ejemplos debemos extraer que, si bien en los alumnos menores hay una cierta sumisión por temor o respeto, en el tiempo de la edad de la reflexión, ésta debe ir evolucionando hacia una verdadera obediencia, esto es, a una adhesión más personal a la verdad, la cual ya no puede ser impuesta sino mas bien debe trabajarse para que por "costumbre del bien y por el gusto de las virtudes" (RB 7, 69) tiendan a la sincera búsqueda de la verdad y opten por participar activamente en el proyecto educativo colaborando con la formación de nuevas generaciones siguiendo el espíritu de la Tutoría.

Por otra parte, san Benito nos dice que también por nuestra doctrina se nos pedirá cuenta, por lo que debemos velar para que nuestro quehacer académico tenga una "doctrina" propia sobre aquello que realmente queremos enseñar como educadores cristianos y benedictinos. En ella se debe reflejar nuestra verdad, nuestra mirada particular de la educación y del hombre a partir de la fe.

Si bien podemos y debemos nutrirnos de los nuevos conocimientos y metodologías y convivir con las disposiciones de las políticas oficiales, no podemos mimetizarnos o confundirnos con elementos técnicos que tienen sus fundamentos conceptuales en visiones o supuestos completamente diferentes a las nuestras. Es necesario por tanto preguntarnos: ¿Enseñamos lo que realmente queremos enseñar y como nos gustaría enseñar? ¿Qué verdades implícitas o explícitas estamos transmitiendo por medio de nuestros planes y programas de estudio? ¿Estamos enseñando de acuerdo a lo que nosotros pensamos que el mundo necesita?

Nuestro curriculum ha de ser seriamente profético en cuanto enseñar a nuestros alumnos a mirar la realidad en toda su dimensión y reconocer no la verdad que se quiere mostrar, sino la real, y desde allí dar respuesta para la fundación de la sociedad nueva, que si bien ellos quizá no verán concretada, estamos por Dios llamados a construir. En tiempos de pragmatismo, de utopías gastadas, de falta de ideales, de un no tener a qué aferrarse, ni a quién adherirse, es misión de nuestros colegios formar personas que den al mundo razones para vivir y para esperar, razones para dar la vida, razones para construir una sociedad alternativa. 

"Vivan pues los fieles en muy estrecha unión con los hombres de su tiempo y esfuércense por comprender sus maneras de pensar y sentir, de las que la cultura es expresión. Sepan unir los descubrimientos más recientes con las costumbres y formación doctrinal cristianas, de tal modo que la estima por la religión y la bondad espiritual progresen al mismo paso entre ellos, con el conocimiento de las ciencias y con la técnica que avanza de día en día. Por eso ellos mismos sepan probar e interpretar con sentido cristiano integral todas las cosas" (GS 62 C.V.II)

Manuel José Echenique and Fr. Jeremy Sierla, OSB